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A veces en la Historia, un pequeño contratiempo misterioso, un inesperado giro del destino, decide los designios de una gran batalla.

Los dragones de Metal

Los cañones fueron realizados por el que podríamos considerar el mejor fundidor de cañones en todo el mundo en aquellos momentos: Urbas el húngaro. Durante tres meses, el fundidor preparó el molde siguiendo métodos secretos de fraguado antes de que realizara la fundición del que sería el cañón más grande que el mundo había conocido hasta entonces, capaz de disparar enormes bolas de piedra.

La construcción de tal artefacto se realizó en Andrianópolis , pero había que arrastrarlos por toda Tracia hasta llegar a Bizancio. Todo un ejército remolca durante dos meses el colosal cañón: primero las tropas de caballería se dispersan formando patrullas permanentes para proteger el cañón, tras ellos cientos, tal vez miles de trabajadores se esfuerzan día y noche para allanar las desigualdades del terreno y facilitar el pesado transporte, que deja tras de sí los caminos destrozados durante meses. Cincuenta pares de bueyes han sido enganchados a la ristra de carros sobre cuyos ejes se ha colocado el inmenso tubo metálico. Doscientos hombres situados a izquierda y derecha de los carros se encargan de sujetar y controlar el balanceo del tubo y cincuenta carreteros y carpinteros se encargan del mantenimiento mecánico de los carros.

Los pueblos asombrados se aglomeran al paso de la lenta, tenaz, mastodóntica e irresistible comitiva, que transporta el inmenso dragón metálico como si fuera un nuevo Dios de la guerra rodeado por sus sacerdotes y servidores.

Y una vez más la voluntad humana ha hecho posible lo imposible, y veinte o treinta de esos colosos apuntan a las murallas de Bizancio. La artillería pesada ha hecho entrada en la historia militar... y comienza el desafío entre la milenaria muralla del emperador romano oriental y los cañones del nuevo sultán...

Kerkaporta

A la una de la madrugada, el sultán da la orden de asalto, y al grito de “Allah, Allah-il-Allah” cientos de miles de hombres se precipitan sobre las murallas Bizantinas, acompañados del redoble de los tambores y el rugir de las trompetas.

En primer lugar fueron lanzadas contra la muralla las tropas inexpertas, los bashi-bazuks, mal pertrechados, que sirven principalmente para fatigar al enemigo y como parachoques. Tras ellos van las tropas principales, los anatolios, guerreros disciplinados y bien entrenados, que avanza tras dos horas de asalto infatigable de la primera línea otomana, intentando aprovechar el lógico cansancio de los guerreros bizantinos que luchaban sin cesar vestidos con cota de malla y armamento pesado. Tras los anatolios marcha la última línea de ataque del ejercito otomano, los jenízaros, la guardia de élite, doce mil soldados escogidos, encabezados por el mismísimo sultán Mehmet, que a un único grito se arrojan sobre los exhaustos adversarios.

Aún así, y pese a estar gravemente herido el audaz Giustiniani, el emperador bizantino consigue repeler todas las envestidas otomanas y el supremo espíritu de supervivencia parece vencer a los más salvajes ataques. Bizancio parecía salvada.

Pero a veces en la Historia, un pequeño contratiempo misterioso, un inesperado giro del destino, decide los designios de una gran batalla.

A poca distancia del principal punto de asedio a la muralla, un par de guerreros otomanos consiguen atravesar la muralla exterior y deambular tranquilamente, en el espacio comprendido entre las murallas exterior e interior. Deambulan curioseando sin rumbo, hasta que descubren que por un descuido una de las pequeñas puertas destinadas al uso de los peatones en tiempos de paz, ha quedado abierta. Por no tener precisamente ninguna función militar los defensores de Bizancio habían olvidado su existencia: el nombre de tal puerta era Kerkaporta, y a través de ella Constantino perdería su imperio y su vida.

Kerkaporta fué cruzada (como sería cruzada un domingo cualquiera por unos mercaderes) por una tropa de jenízaros, que se plantaron en el centro de la ciudad y atacaron a los defensores bizantinos de forma inesperada, gritando una frase que fue más mortífera que cualquier cañón : “¡La ciudad está tomada!” . Ese ataque por sorpresa y ese grito hicieron pedazos a la resistencia bizantina, que creyéndose traicionados abandonaron sus puestos para ponerse a salvo en el puerto y en los barcos.

Al día siguiente y por unos zapatos color púrpura decorados con el águila de oro, se comprueba que el último emperador de Oriente ha perdido la vida junto a su imperio.

Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo.

Bibliografía

Momentos estelares de la humanidad; Stefan Zweig; El Acantilado, 64